viernes, 2 de julio de 2010
Es duro ver un pequeño resquicio en esta efímera soledad en la que me encuentro, creer que se irá agrandando poco a poco, que volveré a sonreír sin el miedo de un disparo a bocajarro. Y luego te das cuenta que nada era cierto. Que tan sólo eran simples sueños marchitos, malas configuraciones de mi cerebro. Creí volver a nacer y es que sigo muerto en vida, colgando del puente que formaban tu boca y la mía. Y es duro ver que ni la fe ni la religión ayudan en estos temas; años de puta catequesis mental y lo único que tengo seguro es el número de tranquilizantes que me tomo al día, después de cada comida. Porque desde que tu piel no roza la mía sufro una enfermedad crónica paranoide. Ese sabor que poseían tus labios no lo he vuelto a encontrar ni en los mejores restaurantes del Cosmopolitan, ni creo que lo vuelva a probar. A veces tu aroma llega a mí y es que nunca pude sacar de mi nariz aquellas gotas de perfume caro del Corte inglés. Y aunque no puedan ahora estas palabras llegar a ti, las declaro patrimonio de la humanidad, las publico a lo más alto, a donde termina el cielo. Y es que ni mi propia estructura resiste ya el pesado dolor de tu partida, las rodillas las tengo peladas de tantas veces que visitaron el suelo de forma súbita. Así que aquí sigo, desesperadamente histérico, compaginando la tristeza con la rabia, mezclando sintonías por si diera con el bello y fino corte de tu voz pero nada, no consigo acordarme apenas ni de aquel rostro del que tan enamorado estuve y estaré. Y es que a veces el dolor se cuela tan dentro de uno mismo que parece como si nada hubiera existido y tú no sabes cuánto puede llegar a doler eso. No recordar esas pequeñas cosas que te hacían feliz es peor que todas las torturas que existen en este mundo y de verdad, esto que yo estoy pasando no se lo deseo a nadie, sería muy injusto desearle a alguien esta condena que me ha tocado a mí vivir...
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